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Sara y sus fantasmas

La historia de Sara y sus Fantasmas

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¿Cómo hacer frente a grandes retos en tiempos de pandemia?

Sara tiene 45 años y una niña de 6. Es de Jaca pero desde los 18 vive en Madrid.

Estudió Administración y Dirección de Empresas y a los 36 se casó con Pablo, un granadino muy salao que conoció en la Universidad.

Trabaja para una multinacional en la Castellana, tiene un equipo muy agradable a su cargo y, a pesar del escenario tan revuelto en el que estamos viviendo, parece que su situación no peligra.

Lleva algún tiempo, inclusos varios meses antes de la pandemia, que se siente un poco rara, nada grave, nada particular, simplemente apática. Sin ganas de mucho, sin ganas de nada.


No está triste, no está deprimida. Se dedica a hacer “lo que le toca” sin pena ni gloria.


Jueves.

En su agenda de lunares viene todo planificado. Toca dentista, una revisión rutinaria.

“Siéntese aquí, ahora le llamamos.”

“Ok, muchas gracias”

Sara abre su bolso, coge su móvil, abre Instagram y cruza las piernas.

Scroll, scroll y scroll. Stop.

El corazón se le aceleró a 1.000 por hora.

La Magia del Kilimanjaro.

África siempre había estado entre sus grandes sueños pero nunca encontró a nadie que le acompañara en esa gran aventura.

Primero vino él, otro tipo de planes se colaron entremedias. Luego su Alejandra, con ella se olvidó del tema.

“¿Sara Blanco?” “Sí, soy yo”

“Adelante, la doctora Martín le está esperando”.

Nada más salir de la consulta siguió leyendo y casi se golpea con una farola por no levantar la vista del móvil. Ir acompañada de un grupo de mujeres sonaba bien y lo de alcanzar el techo de África en bici todo un desafío. Le entraba el canguelo con tan sólo pensarlo, se tendría que poner muy en forma. Siguió leyendo y ¡pamm! el proyecto educativo y social que latía de fondo le encogió el corazón.

Llegó a casa con una sonrisa que no podía contener, hacía tiempo que no sentía ese gusanillo en la tripa.

En cuanto vio a Pablo en la cocina haciendo la cena se lo contó, o mejor dicho, lo echó todo, así, de golpe, de una tocada.

Pablo tuvo que parar de cortar cebolla, girarse y mirarla atentamente. Sara no paraba de hablar, no terminaba una frase y empezaba otra, le enseñaba el móvil y luego se lo quitaba, hacía mil años que no la veía así.

“Mi amor, pero eso son palabras mayores, hace mucho que no haces ni bici, ni montaña y ¿sabes que estás hablando de casi 6.000 metros? Tú nunca has hecho nada así. Ahí el mal de altura seguro que pega de lo lindo. Sé que echas de menos la montaña mi vida, ¿quieres que este verano alquilamos un apartamentito en los Pirineos y así también Alejandra podrá estar con tu madre?”

“No Pablo, no es eso, bueno vamos a cenar”.

Esa noche Sara no pegó ojo

De un lado la aventurera, la jovenzuela vital y alegre empezaba a removerse por dentro, a desperezarse. Del otro, la ejecutiva, la responsable, la agenda andante la mantenía rígida, inerte, en pausa.

Tan pronto se veía en la cima de la montaña, ondeando la pancarta, abrazada a sus compañeras, como en una camilla con oxígeno puesto, problemas de congelación y llorando de angustia.

Y sonó el despertador.

Sara se fue a trabajar con su alma aventurera y su cabeza Product Manager peleando a cada instante.

11:30 Hora de café

“Chicos, id vosotros yo voy a ver si hago unas llamadas”.

Anita, su madre, Bea su mejor amiga de la Universidad, Cris, la vecina con la que jugaba al pádel los domingos, su prima Laura de Zaragoza y hasta el salvaje de su hermano Jorge que no paraba de hacer triatlones. Más de lo mismo. ¿Y Alejandra? ¿Y qué necesidad tienes de hacer algo así? ¿Y entonces, tus vacaciones? ¿De dónde vas a sacar tiempo para entrenar? ¿Y no conoces al resto del equipo? ¿No es muy peligroso? ¿Y las vacunas? ¿Y con la que está liada con la pandemia?

Tenían razón, todo el mundo a su alrededor le devolvía las mismas preguntas que ella se llevaba haciendo desde el principio.

Pero Sara seguía con una sensación de angustia brutal, seguía sin poder dormir, un gran nudo en la garganta le quitaba el aire.

La imparable locura estaba haciéndose frente a la aburrida sensatez

“Hola, soy Sara, he visto el reto de La Magia del Kilimanjaro en internet y me encantaría participar pero estoy en un mar de dudas, hace mucho que no salgo a la montaña en bici, no sé si estaré a la altura de las circunstancias”.

Al segundo, el WhatsApp de Active Woman mandó una carita sonriente y un texto que decía:

“Hola Sara, muchas gracias por tu interés en el proyecto. Esa sensación que tienes es de lo más normal. ¿Hacemos una videoconferencia, nos conocemos y hablamos de todas esas cosas que te preocupan?”

Dicho y hecho.

Fue entrar en otra dimensión.

Sara notó una conexión brutal con dos mujeres que no conocía de nada, gente con una visión y actitud muy diferente a la que tenía a su alrededor.

También tuvo la oportunidad de charlar con el resto del equipo, algunas lo tenían muy claro, otras andaban con muchas inseguridades, pero todas tenían una gran ilusión, se respiraba buen rollo, energía positiva y vitalidad.

Había representantes de todas partes de España, con ocupaciones y circunstancias personales de todo tipo, ¡incluso había una mujer que ya estaba jubilada!

Ahí dentro notó que formaba parte de algo bonito, grande, que le hacía llenar ese vacío, desatar ese nudo de la garganta y abrazar la llamada de la aventura que le estaba llamando a gritos.

Se despertó la Sara soñadora

La que disfrutaba de los veranos subiendo picos y más picos en sus queridos Pirineos, la que pasaba la noche en vela observando Las Lágrimas de San Lorenzo, la que recorrió el sudeste asiático con una mochila e hizo el Camino Francés a pedales.

Entre esas mujeres, se sintió arropada y dispuesta a hacer frente a cada uno de los fantasmas que le pusieran por delante. Eran un equipo.

Lo que más le preocupaba era volver a sentirse fuerte. Así que lo primero que hizo fue coger su agenda de lunares y empezar a rediseñar aquello. Se levantaría a las 6:00 de la mañana para entrenar antes de ir a trabajar, desempolvó el rodillo del trasero para arañar otro rato por las tardes y los fines de semana quedaría con su hermano que vivía en Manzanares del Real para que se convirtiera en su “personal trainer” en la montaña.

Sólo pasó una semana para darse cuenta que sus peores presagios se cumplían, estaba oxidada, le dolían hasta las pestañas, tenía agujetas por todo el cuerpo y no sabía cómo sentarse del dolor de culo que le producía el sillín de la bici. Pero se visualizaba allí arriba, en el Uhuru Peak, y eso le hacía seguir levantándose cada mañana para pedalear en esa dirección.

Al mes sus compañeros de trabajo estaban encantados, veían a Sara más alegre y eso generó mayor pro-actividad en el equipo.

Alejandra empezó a sumarse a algunos entrenamientos imitándole y le animaba cuando estaba en el rodillo.

Pablo le sorprendía de vez en cuando con una mochila, un plumas o cualquier cosa útil para su equipaje. Además decidió darle caña a la calistenia para recuperar la forma.

La Magia del Kilimanjaro hizo que la pandemia quedara relegada a un segundo plano, ahí estaba, eso no lo podía cambiar, pero ella tenía el foco en el techo de África.

Lo mejor de todo fue lo que pasó con Jorge.

Apenas se llevaban dos años, vivían en la misma Comunidad Autónoma pero no se veían.

Ningún problema aparente, sólo ritmos de vida diferentes y unos días marcados al año para quedar o hablar.

Al principio Jorge era un poco incrédulo, creía que todo esto era un capricho pasajero de su hermanita y que pronto se le pasaría.

Iban pasando las semanas y Sara subía cada domingo por la mañana, lloviera a mares, hiciera un frío de pelotas o cayera un sol de justicia.

Sara volvió a encontrarse consigo misma, a sentir el rugir de la naturaleza y sus montañas.

Ahora entendía porque se había sentido tan vacía estos últimos meses.

Hicieron la circular a Peñalara corriendo, otra a Siete Picos, subieron a la cima del Nevero y Abantos en bici, ascendieron a la Maliciosa, se perdieron por la Sierra del Rincón y otras tantas y tantas rutas más.

Los dos hermanos recuperaron esa complicidad que tenían cuando eran pequeños y se perdían nada más salir del cole por las inmediaciones de la Peña Oroel

Y a los dos meses, todos empezaron a apoyarla.

Era ejemplo, inspiración y valentía.

Se dio cuenta de que su gente no quería que se enfrentara a algo así por miedo a que lo pasara mal, eso producía una gran preocupación en ellos.

Un egoísmo nacido desde amor y el cariño les hacía buscar que desistiera para evitar a toda costa su desasosiego.

Otros amigos y conocidos se veían tan incapaces de hacer algo similar que no podían pensar que Sara diera ese paso, proyectaban todos sus miedos en ella.

Pero todo eso se le volvió en contra, de repente sintió una gran responsabilidad y Sara se volvió a hacer pequeña.

“¿Y si fracaso? ¿Y si no llego? ¿Y si me da un jamacuco?”

Confesó entre sollozos a Jorge el día que tenía que comprar los vuelos.

“¿Fracasar hermanita?”

“Es increíble lo que estás haciendo, estás enchufándonos de energía a todos los que estamos a tu alrededor, tú has recuperado la vitalidad, la sonrisa y estás más fuerte que nunca. Sólo el hecho de intentarlo es una victoria, has salido de ese pozo gris que en el que estabas, ¡qué más quieres!”

Sonrío, abrazó a su hermano, y se fue a casa.

“Gracias Jorge. Te quiero”

Pero Sara seguía con el runrún. Ese fin de semana iba a ver a sus compañeras en un taller de psicología y técnicas de bajada organizado por las chicas de Active Woman y Carla de Suelta los Frenos.

Al final se suspendió por seguir las medidas de seguridad del maldito COVID-19 pero hicieron una quedada online. Lo soltó.

Y La Magia del Kilimanjaro le volvió a invadir.

“Yo también pienso a veces lo mismo. Sí yo también. Yo creo que es inevitable. Sí y cuanto más cerca está más lo pienso” dijeron varias compañeras.“De acuerdo, chicas”, dijo Carla.

“Un reto así es un desafío en mayúsculas, os vais a adentrar en un terreno desconocido, vuestro cuerpo está en alerta, no quiere que le pase nada malo. Acerquémonos a ese miedo de forma racional, no nos dejemos llevar por él, vamos a prepararnos para todo lo que pueda pasar y así hacer todo lo que esté en nuestra mano para que todo vaya bien”.

Pizarra:
-Preparación física y mental, tic.
-Acopio de material y entrenamientos con frío, tic.
-Test de esfuerzo realizado, tic.
-Conocimientos sobre el mal de altura y como intentar prevenirlo, tic.
-Equipo de profesionales, guías y porteadores, tic.
-Seguros y Sistemas de evacuación contratados, tic.
-Sensatez y sentido común en el equipo, tic.

“Y lo más importante”, dijeron las chicas de Active Woman. “Esto es por y para vosotras, no le debéis nada a nadie, disfrutar de la experiencia hasta donde sea. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué no lleguéis a la cima? El camino que hayáis recorrido ya merecerá la pena. Id a Tanzania, disfrutad de otra cultura, de otros paisajes, convivid con sus mujeres, visitar sus aldeas, bailar con sus niñas y haber puesto vuestro granito de arena para que esto sea una realidad es todo un logro que tenemos que agradecer y celebrar”.

Sara echaba de menos poder quedar con ese equipo de mujeres para compartir en vivo y en directo todas estas dudas que iban surgiendo, entrenar juntas e ir conociéndose todavía más.

Tenía la sensación de que iban a convertirse en grandes compañeras de aventuras pero bueno, era cuestión de tiempo y paciencia, todo esto se pasaría y llegará el día en que lo harán realidad.

A partir de ese día Sara empezó a hacer su cuenta atrás, a disfrutar del camino hacia La Magia del Kilimanjaro, a compartir el proyecto educativo, a vivirlo desde el aquí y el ahora y seguir trabajando intensamente para dar lo mejor de ella misma.

Todavía quedaban algunos meses para ir pero sabía que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para que todo fuera lo mejor posible y eso ya estaba teniendo efectos positivos en todos los aspectos de su vida.

La Magia del Kilimanjaro estaba llenando ese vacío que Sara sentía. Ya estaba mereciendo la pena.

¿Quieres saber cómo termina la historia? ¿Conseguirán Sara y el equipo subir a La Magia del Kilimanjaro? Apúntate a la Active Woman Letter para no perderte la segunda parte.

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